lunes, 3 de diciembre de 2018

53. ¿Qué es el infierno?


Nuestra fe llama «infierno» al estado de la separación  eterna de Dios. Quien en la presencia de Dios ve con  claridad el amor y sin embargo no lo acepta, se  decide por este estado. [1033­1036] Jesús, que conoce el infierno, dice que son «las tinieblas de  fuera» (Mt 8,12). Expresado en nuestros conceptos es  seguramente más frío que caliente. Con estremecimiento se  adivina un estado de completo entumecimiento y de  aislamiento desesperado de todo lo que podría aportar a la  vida ayuda, alivio, alegría y consuelo. 161­162

1033.   Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno". 

1036.   Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14): 
«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, merezcamos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» 

domingo, 25 de noviembre de 2018

52. ¿Qué es el cielo?



El cielo es el «medio» de Dios, la morada de los  ángeles y los santos y la meta de la Creación. Con la  expresión «cielo y tierra» designamos la totalidad de  la realidad creada. [325­327] El cielo no es un lugar en el universo. Es un estado en el  más allá. El cielo está allí donde se cumple la voluntad de  Dios sin ninguna resistencia. El cielo existe cuando se da  la vida en su máxima intensidad y santidad —vida que no  se puede encontrar como tal en la tierra—. Cuando con la  ayuda de Dios vayamos algún día al cielo, entonces nos  espera lo «que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre  puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo  aman» (1 Cor 2,9). 158, 285

325.   El Símbolo de los Apóstoles profesa que Dios es "el Creador del cielo y de la tierra", y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano explicita: "...de todo lo visible y lo invisible". 

327.   La profesión de fe del IV Concilio de Letrán afirma que Dios, "al comienzo del tiempo, creó a la vez de la nada una y otra criatura, la espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana; luego, la criatura humana, que participa de las dos realidades, pues está compuesta de espíritu y de cuerpo" (Concilio de Letrán IV: DS, 800; cf. Concilio Vaticano I: ibíd., 3002 y Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 8). 

51. Si Dios lo sabe todo, ¿por qué no impide entonces el mal?



«Dios permite el mal sólo para hacer surgir de él algo mejor» (Santo Tomás de  Aquino). [309­314,324] El mal en el mundo es un misterio oscuro y doloroso. El mismo Crucificado preguntó a su  Padre: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Hay muchas cosas  incomprensibles. Pero tenemos una certeza: Dios es totalmente bueno. Nunca puede ser el  causante de algo malo. Dios creó el mundo bueno, pero éste no es aún perfecto. En medio de  rebeliones violentas y de procesos dolorosos se desarrolla hasta su consumación definitiva.  De este modo se puede situar mejor lo que la Iglesia denomina el mal físico, por ejemplo, una  minusvalía de nacimiento o una catástrofe natural. Por el contrario, los males morales  vienen al mundo por el abuso de la libertad. El «infierno en la tierra» (niños soldado, ataques  de terroristas suicidas, campos de concentración) es obra de los hombres la mayoría de las  veces. Por eso la cuestión decisiva no es: «¿Cómo se puede creer en un Dios bueno cuando  existe tanto mal?», sino: «¿Cómo podría un hombre con corazón y razón, soportar la vida en  este mundo si no existiera Dios?». La Muerte y la Resurrec­ción de Jesucristo nos muestran  que el mal no tuvo la primera palabra y no tiene tampoco la última. Del peor de los males  hizo Dios salir el bien absoluto. Creemos que en el Juicio Final Dios pondrá fin a toda  injusticia. En la vida del mundo futuro el mal ya no tiene lugar y el dolor acabará. 40, 286287

309.   Si Dios Padre todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal. 

324.   La permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna. 

50. ¿Qué papel juega el hombre en la providencia divina?



La consumación de la Creación a través de la providencia  divina no sucede sin nuestra intervención. Dios nos invita a  colaborar en la perfección de la Creación. [307­308]

El hombre puede rechazar la voluntad de Dios. Pero es mejor  convertirse en un instrumento del amor divino. La Madre Teresa se  esforzó toda su vida por pensar así: «Soy únicamente un pequeño lápiz  en la mano de nuestro Señor. Él puede cortar o afilar el lápiz. Él puede  escribir o dibujar lo que quiera y donde quiera. Si lo escrito o un dibujo  es bueno, no valoramos el lápiz o el material empleado, sino a aquel  que lo ha empleado». Si Dios actúa también con nosotros y a través  nuestro, no debemos confundir nunca nuestros propios pensamientos,  planes y actos con la acción de Dios. Dios no necesita nuestro trabajo  como si a Dios le faltara algo sin él.

307.   Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia confiándoles la responsabilidad de "someter'' la tierra y dominarla (cf. Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por su acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (cf. Col 1, 24). Entonces llegan a ser plenamente "colaboradores [...] de Dios" (1 Co 3, 9; 1 Ts 3, 2) y de su Reino (cf. Col 4, 11). 

308.   Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: "Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece" (Flp 2, 13; cf. 1 Co 12, 6). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque "sin el Creador la criatura se 
diluye" (GS 36, 3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia (cf. Mt 19, 26; Jn 15, 5; Flp 4, 13). 

49. ¿Dirige Dios el mundo y también mi vida?



Sí, pero de un modo misterioso; Dios conduce todo  por caminos que sólo él conoce, hacia su  consumación. En ningún momento deja de su mano  aquello que ha creado. [302­305] Dios influye tanto en los grandes acontecimientos de la  historia como en los pequeños acontecimientos de nuestra  vida personal, sin que por ello quede recortada nuestra  libertad y seamos únicamente ma­rionetas de sus planes  eternos. En Dios «vivimos, nos movemos y existimos» (Hch  17 ,28). Dios está en todo lo que nos sale al encuentro en las  vicisitudes de la vida, también en los acontecimientos  dolorosos y en las casualidades aparentemente sin sentido.  Dios también quiere escribir derecho por medio de los  renglones torcidos de nuestra vida. Todo lo que nos quita y lo  que nos regala, aquello en lo que nos fortalece yen lo que nos  prueba: todo esto son designios y señales de su voluntad. 43

302.   La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada "en estado de vía" (in statu viae) hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esta perfección: 
«Dios guarda y gobierna por su providencia todo lo que creó, "alcanzando con fuerza de un extremo al otro del mundo y disponiéndolo todo suavemente" (Sb 8,1). Porque "todo está desnudo y patente a sus ojos" (Hb 4,13), incluso cuando haya de suceder por libre decisión de las criaturas» (Concilio Vaticano I: DS, 3003). 

305.   Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber? [...] Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf. Mt 10, 29-31). 

48. ¿Para qué ha creado Dios el mundo?



«El mundo ha sido creado para la gloria de  Dios» (Concilio Vaticano I). [293­294,319] No hay ninguna otra razón para la Creación más  que el amor. En ella se manifiesta la gloria y el  honor de Dios. Alabar a Dios no quiere decir por  eso aplaudir al Creador. El hombre no es un  espectador de la obra de la Creación. Para él,  «alabar» a Dios significa, juntamente con toda la  Creación, aceptar la propia existencia con  agradecimiento. 489

293.   Es una verdad fundamental que la Escritura y la Tradición no cesan de enseñar y de celebrar: "El mundo ha sido creado para la gloria de Dios" (Concilio Vaticano I: DS 3025). Dios ha creado todas las cosas, explica san Buenaventura, non [...] propter gloriam augendam, sed propter gloriam manifestandam et propter gloriam suam communicandam ("no para aumentar su gloria, sino para manifestarla y comunicarla") (In secundum librum sententiarum, dist. 1, p. 2, a.2, q. 1, concl.). Porque Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt ("Abierta su mano con la llave del amor surgieron las criaturas") (Santo Tomás de Aquino, Commentum in secundum librum Sententiarum, 2, prol.) Y el Concilio Vaticano I explica: 

319.   Dios creó el mundo para manifestar y comunicar su gloria. La gloria para la que Dios creó a sus criaturas consiste en que tengan parte en su verdad, su bondad y su belleza. 

47. ¿Por qué descansó Dios en el séptimo día?



El descanso de Dios apunta a la  consumación de la Creación, que está más  allá de todo esfuerzo humano. [349] Por mucho que el hombre trabajador sea el socio  menor de su Creador (Gén 2,15), tanto menos  puede él salvar la tierra mediante su esfuerzo. La  meta de la Creación es «un nuevo cielo y una  nueva tierra» (Is 65,17) mediante una redención  que nos es concedida. Por eso el descanso  dominical, que es un anticipo del descanso  celestial, está por encima del trabajo que nos  prepara para ello. 362

362.   La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que "Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente" (Gn 2,7). Por tanto, el hombre en su totalidad es querido por Dios. 

46. ¿Por qué el libro del Génesis describe la Creación como un trabajo de seis días?



En el símbolo de la semana laboral, que es coronada por un día de  descanso (Gén 1,1­2,3), se expresa qué bien, qué hermosa y que  sabiamente ordenada está la Creación. [337­342] A partir de la simbología de un trabajo de seis días se pueden deducir principios  importantes: 2. No hay nada que no haya sido llamado al ser por el Creador. 3. Todo lo que existe es bueno según su naturaleza. 4. También lo que se ha transformado en malo tiene un núcleo bueno 5. Los seres y cosas creados son interdependientes y se complementan. 6. La Creación, en su orden y armonía, refleja la extraordinaria bondad y belleza  de Dios. 7. En la Creación hay una jerarquía: el hombre está por encima del animal, el  animal por encima de la planta, la planta por encima de la materia inerte. 8. La Creación está orientada a la gran fiesta final, cuando Cristo venga a buscar  al mundo y Dios sea todo en todos. 362

337.   Dios mismo es quien ha creado el mundo visible en toda su riqueza, su diversidad y su orden. La Escritura presenta la obra del Creador simbólicamente como una secuencia de seis días "de trabajo" divino que terminan en el "reposo" del día séptimo (Gn 1, 1-2,4). El texto sagrado enseña, a propósito de la creación, verdades reveladas por Dios para nuestra salvación (cf. DV 11) que permiten "conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la alabanza divina"

342.   La  jerarquía de las criaturas está expresada por el orden de los "seis días", que va de lo menos perfecto a lo más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cf. Sal 145, 9), cuida de cada una, incluso de los pajarillos. Sin embargo Jesús dice: "Vosotros valéis más que muchos pajarillos" (Lc 12, 6-7), o también: "¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!" (Mt 12, 12). 

45. ¿Las leyes de la naturaleza y las ordenaciones  naturales también proceden de Dios?



Sí. También las leyes de la naturaleza y las  ordenaciones naturales pertenecen a la  Creación de Dios. [339,346,354] El hombre no es una hoja en blanco. Está marcado  por el orden y las leyes del ser que Dios ha inscrito  en su Creación. Un cristiano no hace, sin más, «lo  que quiere». Sabe que se perjudica a sí mismo y a  su entorno cuando niega las leyes naturales, usa  de las cosas contra su orden interno y quiere ser  más listo que Dios, quien las creó. Sobrepasa la  capacidad del hombre el pretender hacerse a sí  mismo desde cero.


339.   Toda criatura posee su bondad y su perfección propias. Para cada una de las obras de los "seis días" se dice: "Y vio Dios que era bueno". "Por la condición misma de la creación, todas las cosas están dotadas de firmeza, verdad y bondad propias y de un orden y leyes propias" (GS 36, 2). Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas, que desprecie al Creador y acarree consecuencias nefastas para los hombres y para su ambiente. 
 
 354.   Respetar las leyes inscritas en la creación y las relaciones que derivan de la naturaleza de las cosas es un principio de sabiduría y un fundamento de la moral. 

martes, 20 de noviembre de 2018

44. ¿Quién ha creado el mundo?



Dios solo, que existe ante todo más allá del tiempo y  del espacio, ha creado el mundo de la nada y ha  convocado al ser a todas las cosas. Todo lo que existe,  depende de Dios y sólo perdura en el ser porque Dios  quiere que exista. [290­292,316] La Creación del mundo es, por decirlo así, una «obra en  común» del Dios trino. El Padre es el Creador, el  todopoderoso. El Hijo es el sentido y el corazón del mundo:  «Todo fue creado por él y para él» (Col 1,16). Sólo cuando  conocemos a Jesucristo sabemos para qué es bueno el mundo,  y comprendemos que el mundo avanza hacia una meta: la  verdad, la bondad y la belleza del Señor. El Espíritu Santo  mantiene todo unido; él es «quien da vida» (Jn 6,63).

292.   La acción creadora del Hijo y del Espíritu, insinuada en el Antiguo Testamento (cf. Sal 33,6; 104,30; Gn 1,2-3), revelada en la Nueva Alianza, inseparablemente una con la del Padre, es claramente afirmada por la regla de fe de la Iglesia: "Sólo existe un Dios [...]: es el Padre, es Dios, es el Creador, es el Autor, es el Ordenador. Ha hecho todas las cosas por sí mismo, es decir, por su Verbo y por su Sabiduría", "por el Hijo y el Espíritu", que son como "sus manos" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 2,30,9 y 4, 20, 1). La creación es la obra común de la Santísima Trinidad

316.   Aunque la obra de la creación se atribuya particularmente al Padre, es igualmente verdad de fe que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible de la creación. 

43. ¿Es el mundo un producto de la casualidad?



No. Es Dios, no la casualidad, la causa del mundo. El mundo, ni por  su origen, ni por su orden interno y su finalidad, es el producto de  factores que actúen «sin sentido». [295­301,317­318,320] Los cristianos creen que pueden leer la escritura de Dios en su Creación. A  los científicos que hablan de que la totalidad del mundo es un proceso casual,  sin sentido y sin finalidad, les replicó beato Juan Pablo II en el año 1985:  «Hablar de azar delante de un universo en el que existe tal complejidad en la  organización de sus elementos y una intencionalidad tan maravillosa en su  vida, sería igual a abandonar la búsqueda de una explicación del mundo  como él se nos muestra. De hecho, sería equivalente a aceptar efectos sin  causa. Supondría la abdica­ción de la razón humana, que renunciaría de este  modo a pensar ya buscar una solución a los problemas». 49

295.   Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cf. Sb 9, 9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad: "Porque tú has creado todas las cosas; por tu voluntad lo que no existía fue creado" (Ap 4,11). "¡Cuán numerosas son tus obras, Señor! Todas las has hecho con sabiduría" (Sal 104,24). "Bueno es el Señor para con todos, y sus ternuras sobre todas sus obras" (Sal 145,9). 

318.   Ninguna criatura tiene el poder infinito que es necesario para "crear" en el sentido propio de la palabra, es decir, de producir y de dar el ser a lo que no lo tenía en modo alguno (llamar a la existencia de la nada) (cf. Congregación para la Educación Católica, Decreto del 27 de julio de 1914, Theses approbatae philosophiae tomisticae: DS 3624). 

320.   Dios, que ha creado el universo, lo mantiene en la existencia por su Verbo, "el Hijo que sostiene todo con su palabra poderosa" (Hb 1, 3) y por su Espirita Creador que da la vida. 

42. ¿Se puede estar convencido de la evolución y creer sin embargo en el Creador?


Sí. La fe está abierta a los descubrimientos e hipótesis de las ciencias  naturales. [282­289] La Teología no tiene competencia científico­natural; las ciencias naturales no  tienen competencia teológica. Las ciencias naturales no pueden excluir de  manera dogmática que en la creación haya procesos orientados a un fin; la fe, por  el contrario, no puede definir cómo se producen estos procesos en el desarrollo de  la naturaleza. Un cristiano puede aceptar la teoría de la evolución como un  modelo explicativo útil, mientras no caiga en la herejía del evolucionismo, que ve  al hombre como un producto casual de procesos biológicos. La EVOLUCIÓN  supone que hay algo que puede desarrollarse. Pero con ello no se afirma nada  acerca del origen de ese «algo». Tampoco las preguntas acerca del ser, la  dignidad, la misión, el sentido y el porqué del mundo y de los hombres se pueden  responder biológicamente. Así como el «evolucionismo» se inclina demasiado  hacia un lado, el CREACIONISMO lo hace hacia el lado contrario. Los  creacionistas toman los datos bíblicos (por ejemplo, la edad de la Tierra, la  creación en seis días) ingenuamente al pie de la letra.

282.   La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los 
hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar.
289.   Entre todas las palabras de la sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los misterios del "comienzo": creación, caída, promesa de la salvación. 

41. ¿Las ciencias naturales hacen innecesario al Creador?



No. La frase «Dios ha creado el mundo» no es una  afirmación ya superada de las ciencias naturales. Se trata  de una afirmación teológica, es decir, una afirmación sobre  el sentido (theos = Dios, logos = sentido) y el origen divino  de las cosas. [282­289] El relato de la Creación no es un modelo explicativo del principio  del mundo. «Dios ha creado el mundo» es una afirmación teológica  sobre la relación del mundo con Dios. Dios ha querido que exista el  mundo; él lo acompaña y lo llevará a plenitud. Ser creadas es una  cualidad permanente en las cosas y una verdad elemental acerca  de ellas.

282.   La catequesis sobre la Creación reviste una importancia capital. Se refiere a los fundamentos mismos de la vida humana y cristiana: explicita la respuesta de la fe cristiana a la pregunta básica que los 
hombres de todos los tiempos se han formulado: "¿De dónde venimos?" "¿A dónde vamos?" "¿Cuál es nuestro origen?" "¿Cuál es nuestro fin?" "¿De dónde viene y a dónde va todo lo que existe?" Las dos cuestiones, la del origen y la del fin, son inseparables. Son decisivas para el sentido y la orientación de nuestra vida y nuestro obrar.

289.   Entre todas las palabras de la sagrada Escritura sobre la creación, los tres primeros capítulos del Génesis ocupan un lugar único. Desde el punto de vista literario, estos textos pueden tener diversas fuentes. Los autores inspirados los han colocado al comienzo de la Escritura de suerte que expresan, en su lenguaje solemne, las verdades de la creación, de su origen y de su fin en Dios, de su orden y de su bondad, de la vocación del hombre, finalmente, del drama del pecado y de la esperanza de la salvación. Leídas a la luz de Cristo, en la unidad de la sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, estas palabras siguen siendo la fuente principal para la catequesis de los misterios del "comienzo": creación, caída, promesa de la salvación.